miércoles, 2 de julio de 2008


Eso somos. Suéteres reciclados, con olores que reflejan lo vivido. Sudor, lágrimas y, si hubo suerte, esperma. Todo cuenta, cada uno de ellos es vestigio de momentos de gozo, de miedo, de ganas de vivir o, por lo menos, de resistir a la muerte. Refiriendo historias más o menos felices escritas en un lenguaje de narices que los desposeídos pretenden guardar como tesoros para, al día siguiente, buscarlos escondidos en algún pliegue que resistió estoico la implacable vocación de limpieza del agua y del jabón.

Eso somos, olores que defendemos, sabiendo de antemano que no durarán en la piel lo que en la memoria, y que desaparecerán cuando el primer perfume nos restriegue en la cara sus ínfulas de limpieza.
Y entonces jugaremos a creernos nuevos, limpios, pero en algún lugar, entre las fibras, sabemos que un último vaho siempre se resiste a desaparecer.

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